Soy un adicto a la acción. Homenaje a Stu Ungar
Stu Ungar murió el 22 de noviembre de 1998. Acaba de
cumplirse el décimo aniversario de su defunción y en todos los medios hemos
visto homenajes y semblantes de su personalidad. Tienen un interés innegable;
Ungar era un jugador único, dicen que el mejor de la historia. Por lo demás, su
caótica vida, el descontrol total del que hacía gala han hecho de él un morboso
mito.
Pero, ¿qué nos llega realmente de Ungar hoy día? ¿Es para nosotros, jugadores de otra época, una figura que merezca la pena recordar más allá de la mención histórica de sus tres brazaletes WSOP, que sobresalen entre todos los torneos importantes que ganó? ¿Por qué nos sigue llamando poderosamente la atención sus logros así como su decadencia?
Ya lo hemos dicho: el morbo reactivará siempre el recuerdo de Stu Ungar. Pero ni el morbo ni el interés histórico de sus victorias justificarán nunca hasta el final la necesidad de que ocasionalmente tengamos que traer su figura ante nosotros. Hay algo de ejemplar en ella, algo que nos permite comprendernos mejor en nuestro jugar y esa es la verdadera razón suficiente para homenajearle.
¿Qué es entonces eso ejemplar que le reconocemos? ¿Diremos, en calidad de jugadores, que su manera única de jugar a Texas Hold´em No Limit? No estaría muy seguro de ello. Creo que es más bien una autoengaño colectivo pensar eso. Nadie que no haya coincidido con él en las mesas puede saber cómo jugaba realmente, qué era eso que le hacía ser tan bueno. Los testimonios de Doyle Brunson y otros rivales nos permiten sólo hacernos una idea, pero nunca veremos más que un vídeo de alguna mano histórica que nos permita ejemplificar lo que dicen. Nunca asistiremos a una partida completa en la que podamos comprender cómo jugaba. Su juego, en realidad, para todos aquellos que lo alaban sin conocerlo de verdad, precisamente por desconocido, no puede ser aquello que haga para nosotros de Ungar una figura ejemplar.
¿Diremos, entonces, que su vida llena de excesos, autodestrucción, ruina y triunfo? Quizás en su existencia encontremos elementos atractivos, pero sólo una comprensión profunda de por qué Ungar vivió como vivió nos haría entenderlos, sean atractivos o no (sean también moralmente reprobables o no). Esa comprensión profunda que requiere nos acercaría tal vez más a su ejemplaridad.
Tenemos una auténtica colección de frases suyas, muchas de ellas dignas de ser enmarcadas en la pared de nuestras casas. Todas y cada una dicen de él tanto como sus acciones. Sin embargo, hay dos que deberían hablarnos especialmente, porque son quizás las que podemos entender más adecuadamente, sobre todo los que compartimos con él el ser jugadores.
La primera de ellas dice: “Se va. No son las mujeres, porque ya no soy un playboy. Pero se va: caballos, deportes, cualquier cosa”. La segunda: “Para mí todo se reduce a que es más importante la acción que el dinero. Soy un adicto a la acción”.
Hay una brutal coherencia entre ambas. Porque todo se va (todo resultado de lo que hagamos) sólo el hecho de hacerlo puede ser importante. Por otro lado, porque sólo hacer importa puede lo demás desaparecer y, de hecho, lo hace.
Entender esto supone entender realmente la vida de Stu Ungar, su despreocupación total por la decadencia como resultado: sólo hacer importa.
¿A dónde nos lleva comprender esto, sobre todo a nosotros, que como él somos jugadores? No tiene nada que ver, aunque cabe esta interpretación, con ser un gambler. Ungar lo era, y de los más grandes y peligrosos. Pero eso sólo nos dice que llevó muy lejos (demasiado quizás su pensamiento). Ser conscientes de que es el hacer lo que importa es ser conscientes de que lo que se vive en el hacer es lo determinante.
Mirémonos a nosotros mismos ahora, y preguntémonos si lo que hacemos nos importa porque al hacerlo nos sentimos vivos o no. Esta pregunta que es extensible a cada una de nuestras acciones lo es especialmente a la acción del juego. ¿Por qué nos sentamos a una mesa? ¿Por qué nos empeñamos en jugar y jugar? ¿Nos motiva el dinero? ¿La fama? Si es esto, entonces no hemos comprendido que no es el poker algo a lo que podamos dedicarnos. Todo eso se va.
Sin embargo, si nos sentamos en la mesa y jugar cada mano es lo importante, si la acción lo es, hasta el punto de que se justifica más allá de su resultado, entonces merece la pena seguir. Sólo entonces Stu Ungar tiene algo de ejemplar por lo que merece la pena recordarle.
La adicción queda más allá de todo esto. La pasión desmedida
por la acción que demostraba pudo facilitarle la adicción, pero en la medida
que fue adicto, dejó probablemente de disfrutarla y ser consciente de su
importancia. De ello debemos sacar, además, una enseñanza: la acción, como lo
determinante más allá del resultado, conserva su valor sólo ahí donde nos quede
la libertad para elegirla.
Así pues, incluso aceptando el salvajismo de su ejemplaridad, y dejando de lado las luces y las sombras de sus resultados, habremos hecho nuestra la figura de Ungar en la medida que la aceptemos en toda su significatividad. De nuevo: “Todo se reduce a que es más importante la acción que el dinero”…
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