Cuándo jugártela, por Doyle Brunson
Cuando tenía 18 años estaba fascinado por el poker y me lo tomaba muy en serio. A esa edad, había algunos conceptos que tenía muy claros y otros que todavía no habían cuajado.
En aquellos tiempos había un hombre de negocios llamado Ken que venía todas las semanas a jugar a Sweetwater, Texas. Siempre perdía, y no porque tuviese muy mala suerte. El problema es que le gustaba mucho el alcohol, todavía más que las cartas, y jugaba borracho, bastante mal.
Ahora las cosas no han cambiado mucho, él sigue dando muchos paseos desde la mesa hasta la barra y vicerversa, hasta que su aspecto comienza a ser lamentable. El hombre enchaquetado elegantemente deja paso a una persona sin orgullo y el juego de Ken se ve deteriorado por momentos.
Un día me enfrenté en una mano con él que he recordado por el resto de mi vida:
Era una temporada de vacas flacas para mí y sólo tenía unos cuantos cientos de dólares en frente de mí en la mesa. Estábamos jugando seven-stud
Tenía una pareja de ases tras la cuarta comunitaria. Todo lo que él tenía eran dos cartas boca abajo y dos diamantes en la mesa. Aposté y el resubió posteriormente, entonces empecé a pensar… tenía miedo de que fuese la única vez de que fuese con una gran mano como trío, dobles o algo así.
Pero luego, inesperadamente, él me enseñó el resto de su mano, y sólo tenía dos diamantes más. En ese momento, yo tenía el 53% de posibilidades más o menos de ganar la mano.
Bien, la cosa fue que yo subí, el me resubió y así hasta que me forzó a ir all-in por lo comprometido que acabé estando con el bote en las siguientes calles.
Tras esto, tampoco lo tenía tan difícil porque sólo tenía que evitar un tercer diamante entre las cartas comunitarias. Desafortunadamente él recibió el diamante que esperaba para completar su proyecto y dejarme KO.
Me había quedado sin dinero para seguir jugando pero acababa de aprender de mis errores, y eso no tiene precio.
Más tarde, un amigo llamado Percy se sentaba en la misma mesa para quedarse con todo el dinero de Kem, $2,000. Percy me dijo: “no deberías haber seguido apostando contra su cuarto diamante”.
Estaba enfadado y no tenía tiempo para consejitos. Tenía muchas opciones de llevarme el bote ante un rival que frecuentemente mostraba debilidad en manos y en fuerza ¡Qué iba a hacer!
“Tienes razón, pero ahora no tienes dinero y yo me llevé el suyo”, me dijo Percy.
“¿A dónde quieres llegar? le pregunté impaciente.
“A que sólo tenías una pequeña ventaja y te has apostado todo lo que tenías confiando en ella. ¿No piensas que hubieras tenido mejores oportunidades más tarde, con manos más seguras y completadas para derrotar a jugadores tan malos como Ken?”, me contestó.
Percy estaba en lo cierto y yo sin una sola moneda. Habría que elegir mejor cuándo jugarnos todo, y contra quién”.

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